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«Este era nuestro amigo Alessandro»

07/02/2017

Entre las víctimas de la tragedia italiana en el hotel Rigopiano estaba nuestro amigo Alessandro. Llevaba poco más de un año trabajando allí como recepcionista, después de varias experiencias laborales en el extranjero. Así que pasaba mucho tiempo fuera de su ciudad, Terni, siempre por trabajo. Pero cuando tenía algún día libre y estaba por aquí siempre iba a alguno de los grupos de Escuela de comunidad, variando dependiendo del día. Una noche de diciembre, inesperadamente, apareció en uno de estos grupos, sin que ninguno supiéramos de su presencia. Después de algunas intervenciones, contó que en su trabajo no había hecho grandes amistades y que sentía mucho nuestra falta. Le preocupaba poder vivir con plenitud la experiencia a la que nos reclama la Escuela constantemente. «¿Cómo puedo estar siempre disponible por si el Señor tuviera que llamarme de repente? ¿Cómo puedo hacerlo sin vosotros, cómo no olvidarme, cómo no distraerme?». Ante estas preguntas tan profundas, todos nos quedamos un poco perplejos, pero su posición nos desafió y se abrió un diálogo a partir de esa provocación suya, donde cada uno narró cómo se descubría sorprendido al "encontrar a Cristo" en la vida cotidiana: en la mirada de un hijo, y sobre todo en el trabajo, en la conversación con un cliente... Al final se le hizo evidente un hecho: volvía a casa distinto de cuando había salido. Se le notaba más sereno, confortado, dispuesto a releer ciertas circunstancias que había vivido últimamente bajo una nueva luz, atento a detalles que hasta entonces se le habían escapado.

Algunos le dieron las gracias por recordarnos cosas que demasiado a menudo damos por descontado y le sugirieron retomar el texto de la Escuela en los momentos de soledad, o que nos llamara a alguno de nosotros. Y pensar que aquella noche estuvimos a punto de suspender la Escuela porque solo somos diez personas en el grupo y varios habían avisado de su ausencia por enfermedad. Pero rápidamente se sucedió un intercambio de mensajes entre otros que, después de unos instantes sin saber muy bien qué hacer, decidieron verse igualmente. Menos mal. Si no, no habríamos visto a Alessandro; él habría ido y se habría encontrado la puerta cerrada. Pero las cosas fueron como tenían que ir. Alessandro debía estar allí esa noche con unos cuantos amigos porque estaba a punto de llevar a cumplimiento su viaje hacia la cita más importante de la vida. Es verdad que donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está en medio de ellos. Los que estábamos allí habíamos sido llamados, aun inconscientemente, para acompañarle a su destino y recibir la gracia de lo que a algunos les empieza a parecer su testamento espiritual.

El hecho de que no le preocupara a qué amigos concretamente iba a ver y fuera a la Escuela que cuadrara mejor con sus días libres es signo inequívoco de que lo que le atraía era la unidad entre esas personas, una unidad que nace de Aquel que nos pone juntos. Y es signo de que ir a la Escuela era para él como volver a casa, al lugar donde dejaba un trozo de su corazón, al lugar de su encuentro con Cristo, que es para siempre. Eso estaba claro, en medio de todas sus dudas y perplejidades.

Al día siguiente le habían invitado a un encuentro en la universidad y se presentó con puntualidad, aunque luego, vencido por el cansancio, se pasara durmiendo gran parte del tiempo. Pero él quería estar allí, apegado a esa amistad que necesitaba para vivir. Y al día siguiente incluso pospuso una cita que tenía para poder asistir a la misa comunitaria. Esa fue la última vez que le vimos.

A primera hora de la tarde del día en que todo se cumplió, Alessandro envió a otro grupo de Escuela de comunidad, vía whatsapp, algunas fotos que acababa de tomar precisamente en el hotel, sumergido en la nieve. Imágenes que iban acompañadas de este mensaje: «Amigos, estoy en el hotel sepultado por la nieve. Rezad. Rezad». Estas palabras quedarán grabadas para siempre en nuestro corazón y al volverlas a leer resultan una clara invitación a rezar por él, a seguir rezando por él ahora.

Impresionan las palabras del Papa pronunciadas en la audiencia del miércoles 25 de enero, día en que nos llegó la noticia: « Queridos hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos que la esperanza venza a nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus designios sin pretender nada, aceptando también que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de forma diferente a nuestras expectativas. Nosotros pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero con la conciencia de que Dios sabe sacar vida incluso de la muerte, que se puede experimentar la paz también en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad también en el llanto. No somos nosotros los que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, es decir lo que necesitamos. Él lo sabe mejor que nosotros, y tenemos que fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son muy diferentes a los nuestros».

Los amigos de Terni


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