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El drama de la certeza

Fabrice Hadjadj
26/08/2011 - Il Sussidiario

Fabrice Hadjadj ha participado en el Meeting de Rimini en un encuentro dedicado a «La certeza inevitable: reflexiones sobre la modernidad». Hadjadj comparte con Luis Giussani la idea de que nuestra fe «no puede seguir siendo ideológica, fundada en una simple herencia, o ligada a una especie de alistamiento fideísta, sin implicar un trabajo de verificación personal». Y si no es posible ser cristianos al margen de la historia, igualmente no se puede ser cristianos al margen del drama. «La nuestra es una certeza dramática –afirma Hadjadj–, y como tal es apocalíptica».

La modernidad ha generado una gran incertidumbre, ha dado al hombre certezas falsas, ¿por dónde pasa el camino para reconstruir la certeza?
Es cierto, la modernidad ha propuesto varias certezas falsas. Podemos afirmar que lo que ha marcado de forma negativa la modernidad es una especie de ruptura, pero se trata de una ruptura que tiene muchos aspectos positivos. Ha transformado en valores algunos elementos esenciales del cristianismo. Pienso, por ejemplo, en la libertad humana, la justicia social, la dignidad de la persona, el hombre que asume toda la responsabilidad de su propia vida.

Son verdades que pertenecen realmente al patrimonio cristiano.
La modernidad ha valorado estos factores y por un instante nos ha fascinado. Pensemos en cuando arrancamos una flor y la ponemos en un vaso para poder admirarla. La modernidad es esto, y así nos ha permitido tomar conciencia de estas dimensiones del cristianismo. Pero el problema es que cuando cortamos la flor para admirarla, la condenamos a muerte. Y eso es lo que ha sucedido con la modernidad. Sus puntos fuertes han sido creer en el progreso y en la construcción de la sociedad perfecta; y en este trayecto la fe en Dios se ha convertido en fe en el hombre.

¿Cuál es el resultado final del humanismo moderno?
Esta modernidad ha quedado bloqueada. Sus certezas, antes humanistas y ahora ateas, han sido destruidas. Esta modernidad ha estallado desde dentro, porque los progresismos se han convertido en totalitarismos, y además ha sido contestada «desde fuera»: desde el darwinismo, que piensa que el hombre es fruto de la casualidad, de un trabajo de «bricolaje» de la evolución; y desde la perspectiva de la desaparición de la humanidad por obra del propio hombre, como sucedió en Hiroshima. Ha llegado el momento de la post-modernidad: un post-humanismo no menos peligroso que las falsas certezas de la modernidad.

¿Por qué motivo?
El post-humanismo actual presenta tres dimensiones: tres filosofías erradas que parecen antiéticas, pero que en realidad están profundamente relacionadas. El ecologismo, según el cual el hombre es el depredador de la naturaleza; el tecnicismo, con la idea de que la tecnociencia es capaz de fabricar un superhombre, aunque es evidente que este superhombre sería en realidad un sub-hombre, pues dependería del mercado; por último, el resultado es una huida hacia adelante del humanismo, que nos lleva a una especie de deísmo fundamentalista.

¿De qué modo estos post-humanismos dificultan el reconocimiento de la verdad cristiana?
Produciendo una fragmentación, una dislocación interna de la verdad cristiana, que es algo esencialmente equilibrado, que permite coexistir perfectamente a fe y razón, carne y espíritu, historia y eternidad. En este campo en ruinas, donde todas las esperanzas y utopías progresistas modernas han quedado colapsadas, nos damos cuenta ahora de que si queremos salvar al hombre no podemos recurrir a la modernidad, y mucho menos a la postmodernidad. Cada vez somos más conscientes de que un auténtico humanismo no puede fundarse en otra cosa que no sea la idea de que el hombre, tal como está hecho, contiene un misterio, ha sido deseado por Dios y rescatado por Él.

¿Usted mira más a San Agustín, a Tomás de Aquino o a Pascal?
Estoy mucho más cerca de Agustín y Tomás que de Pascal. Seguramente tengo una deuda inmensa con Tomás de Aquino debido a su metafísica y su filosofía del ser, pero por el estilo estoy mucho más orientado hacia Agustín, por el sentido extraordinario que él tiene de la existencia como un canto, por el «pensamiento musical» que tiene de la teología y de la vida humana.

¿Y respecto a don Giussani?
Buena parte de mi pensamiento ya se había formado cuando conocí a Giussani, pero el encuentro que tuve con sus textos fue para mí una gran confirmación. En él encontré a un padre, un hermano, alguien con quien me sentía en consonancia total.

¿Cuáles son las razones de esta estima tan profunda?
En una época de destrucción de las certezas y de incertidumbre radical sobre la vida del hombre, don Giussani dice: mirad que vuestro cristianismo, vuestra fe, no puede seguir siendo ideológica, no puede estar fundada en una simple herencia, o ligada a una especie de alistamiento fideísta, sin implicar un trabajo de verificación personal. Es como si Giussani dijera que la certeza debe estar arraigada en la existencia concreta. El lema del Meeting de este año no exhorta precisamente a partir de la existencia, partir del hecho de la existencia. Ésta es el tribunal de toda certeza.

¿La certeza puede llegar a ser definitiva, o «inmensa», como dice el lema del Meeting?
¿Qué quiere decir que una certeza es inmensa? No significa una certeza a mi medida. Por tanto, no es una certeza que yo poseo, que domino, que construyo, sino que es sobre todo una certeza que me toma, me conquista, me supera, y de algún modo se me escapa. Resulta interesante la idea de una certeza que se me escapa… pero lo hace precisamente porque es más grande que yo. Ésta es la certeza que disipa la oscuridad; es «inmensa» una certeza que me lanza a la misión, que me empuja a asumir en primera persona el riesgo de una existencia plenamente vivida, recibida y dada.

¿En qué punto nos equivocamos?
En el hecho de que a menudo tenemos de la certeza una imagen «mineral», como si fuera algo inerte y sólido. Sin embargo, hay que encontrar imágenes vivas de la certeza. La gran certeza es la que destruye todas las pequeñas certezas hechas a mi medida para abrirme a algo que a su vez me lanza a lo desconocido y al mismo tiempo me llena de embriaguez, con una exaltación de la vida, una apertura al encuentro y a la comunión con algo que me supera. (…) La certeza humana es una certeza dramática y como tal es apocalíptica: a través del drama, de la catástrofe, siempre nos es donada una revelación.

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