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¿Qué queda de los padres?

Francesca Mortaro
06/05/2014
Massimo Recalcati.
Massimo Recalcati.

¿Qué queda de los padres en nuestra sociedad? Una pregunta que no podemos seguir ignorando, que es urgente afrontar. Y así lo han hecho tres padres, convocador por el Centro Cultural de Milán: Massimo Recalcati, Franco Nembrini y Giacomo Poretti. Un psicoanalista, un profesor y un cómico.

«Estamos en la época del ocaso irreversible del padre», Recalcati cita un artículo de Eugenio Scalfari, que ya 1998 sacaba a la luz una situación grave. «Los padres están desactivados», prosigue retomando el hilo de su libro, El complejo de Telémaco, padres e hijos tras el ocaso del padre: «Han quedado eclipsados y se han convertido en compañeros de juego de sus hijos». En este contexto, la imagen del padre moderno decaído y fragmentado contrasta de forma evidente con la figura íntegra y segura del padre-jefe que sabía hacerse respetar, que sabía dictar leyes en casa. «Personalmente, no siento nostalgia alguna del pater familias», admite Recalcati: «Su tiempo, irreversiblemente, ha terminado, se ha agotado, ha caducado. El problema por tanto no es cómo restaurar la antigua y perdida potencia simbólica, sino sobre todo preguntarse por lo que queda del padre en su proceso de disolución».

Para responder, hay que entender bien quiénes son los hijos de hoy y cuál es la relación que tienen con sus padres. Para Recalcati la juventud ya no se refleja en la figura de Edipo, ni por tanto en su «invocación a la transgresión de la Ley», sino más bien en la de Telémaco y su «invocación de la Ley». Telémaco espera a la orilla del mar el regreso del padre. «Pero esta espera no es una parálisis melancólica», asegura Recalcati. «En el complejo de Telémaco no está en juego la exigencia de restaurar la soberanía perdida del padre-jefe. La pregunta por el padre que arraiga en el malestar de la juventud de hoy no se refiere a la fuerza y la disciplina, sino al testimonio. Hoy hacen falta padres-testigo». Pensándolo bien, ser padres-testigo no es un factor meramente biológico. No se es padre por una cuestión sanguínea sino por un gesto de adopción. El verdadero estatuto de paternidad lo constituyen los padres adoptivos. El ejemplo por excelencia es san José. «Ser padres adoptivos», explica Recalcati, «significa mirar al hijo sin tener proyectos sobre él. Sin poseerlos. Significa dejarlos ir».

Así es también para Franco Nembrini, director del instituto “La Traccia” de Bergamo, que empieza partiendo de las provocaciones lanzadas por Recalcati y habla de sí mismo: «Un día estaba trabajando en casa y mi hijo me miraba en silencio. No me pedía nada con palabras, pero en verdad me lo estaba pidiendo todo». El padre, en cada gesto, testimonia la bondad de la vida, y el hijo lo nota inevitablemente. Por eso la tarea consiste en hacerles ver con nuestra propia existencia que «valía la pena venir al mundo», y tener confianza en los hijos, «ellos han venido al mundo igual que nosotros, con el mismo corazón». El problema de una generación terrible, insoportable y sin esperanza se encuentra descrito ya desde tiempos de Hesiodo. «Que educar es algo difícil lo sabemos desde siempre, el problema de la educación es que no hay que plantearse el problema de la educación». Y hace una pregunta: «Mi generación, la del 68, siempre buscó la forma de cambiar el mundo, intentó enderezar las cosas que funcionaban, ya sabemos todos cómo fue. Hoy los jóvenes se quejan pero no reaccionan. Dicen que todo es un desastre, incluidos ellos mismos. Estamos en una sociedad donde se infravaloran y se culpabilizan».

Giacomo Poretti destaca la frontera entre «el padre de antaño y el moderno». Lo hace leyendo una carta escrita de su puño y letra, y dirigida a su padre: «Querido papá, ser padre hoy es sentirse como Renzi (primer ministro italiano, ndt), todos te hacen la pelota pero en el fondo todos quieren mandarte a casa. Ser padre es difícil: los hijos hacen preguntas imposibles. Es más fácil ser primer ministro». Esta lectura pone en evidencia el comportamiento de muchos padres hoy, según Poretti: «Trabajan mucho para regalarle un iPhone a sus hijos, tiene que darles todo, están llenos de objetos inútiles». Y concluye: «Querido papá, en resumen, hoy es duro nuestro oficio. Pretenden incluso abolir nuestra fiesta, igual que se abolen ciertas palabras que se consideran viejas y en desuso. Nosotros también corremos el riesgo de quedar obsoletos».

Recalcati responde a Nembrini, diciendo que nuestra época vive una mutación antropológica sin precedentes. Hay que analizarla con atención, de otro modo corremos el riesgo de no comprender y obviar los problemas importantes. Por ejemplo, la relación padre-hijo ha quedado completamente arruinada. «Hoy es el niño quien dicta las leyes de la familia», afirma el psicoanalista: «Se ha convertido en un dios al que hay que alabar, los padres le dan todo lo que quiere. ¿Por qué poner límites al goce inmediato? Estamos en una sociedad donde la renuncia carece de sentido, donde decir “no” parece un delito».
Y luego están las nuevas enfermedades de los padres, antes nunca vistas: el miedo a no ser queridos por los hijos. «Mi padre nunca se preguntó si yo le quería», explica Recalcati: «Más bien era yo quien se preguntaba si era alguien para él. Para ser queridos más fácilmente hay que decir siempre “sí”, y eso es lo que hacen hoy los padres. Pero eso les destrona. Desaparece el conflicto generacional, ya no hay lucha entre padre e hijo, se han hecho amigos». Otra enfermedad de los padres es la obsesión por el éxito del hijo. Ya no se toleran los fracasos, los errores, las imperfecciones físicas: el niño debe ser capaz, el mejor si es posible, en todos los ámbitos, guapo y perfecto. «Cuando una cultura elimina el fracaso se destruye, pierde de vista el hecho de que lo esencial en la vida no es ser perfectos sino amar los defectos, las rarezas».
El malestar de los jóvenes tiene mucho que ver con esta relación ruinosa con sus padres. Los jóvenes están deprimidos, desanimados, desganados. «Nos enfrentamos a jóvenes que lo tienen todo pero que no desean nada», insiste Recalcati: «Son dependiente de los objetos tecnológicos. Viven una apatía frívola y una conexión continua. ¿Pero qué podemos hacer para desconectarlos, para volver a despertar en ellos la vida? Es necesaria nuestra pasión, nuestra vida. Sucede por contagio».

El despertar de la persona es un milagro que sucede en momentos y formas misteriosas. Nembrini habla de un chico de su escuela, un “disoluto”, por el que nadie apostaría. Lo único que sabía hacer era incordiar. En la fiesta de la escuela los profesores suben con él al escenario para interpretar una pieza. Al terminar el chico baja totalmente cambiado, y al día siguiente escribe estas dos líneas: «Ayer descubrí que la pasión puede vencerlo todo. No tendré miedo si vivo siempre como ayer. Y ahora sé que puedo hacerlo». «Los chicos no pueden esperar, pero nadie les pregunta», comenta Nembrini.

Al terminar el encuentro, Poretti relata otro episodio: «Quería contaros la historia de Massimiliano Verga. En su libro Zigulì relata un hecho muy personal que me ha llamado la atención». Uno de los hijos de Massimiliano, Moreno, tuvo un ictus de pequeño y se quedó ciego, por lo que perdió toda su capacidad relacional. A partir de entonces, toda la familia empezó a someterse a análisis clínicos para ver si había una causa genética que explicara la enfermedad. Pero el padre del escritor se negó durante un tiempo a hacerse cualquier prueba. Más tarde, un día le confesó a su hijo que no era su padre biológico. Ante este dramático descubrimiento, Massimiliano se dio cuenta de que, a pesar de la cuestión sanguínea, aquel hombre había sido para él un verdadero padre, le había criado. ¿Quién es entonces el padre? Aquel que te testimonia una vida. «Mi ejemplo de padre es san José», concluye Poretti: «Su fe es un ejemplo. Nosotros no nos hemos creado solos, tampoco hemos creado a nuestros hijos. Ellos son un regalo y nosotros no somos más que los intermediarios de un gran amor».

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